Opinión

Súper Niño: Cuando el Pacífico decide el destino de nuestros lotes ¿Qué es y cómo puede afectar a la Argentina?

Los excesos hídricos también generan enormes pérdidas productivas.
Cuando las precipitaciones superan la capacidad de infiltración o almacenamiento del suelo aparecen problemas de anegamiento, falta de oxígeno en las raíces, enfermedades y dificultades operativas.
Un Súper Niño puede aumentar considerablemente la frecuencia de tormentas intensas, lluvias extraordinarias y eventos de inundación.

Hola mis queridos lectores de LT9, ¿cómo están? Hoy los invito a viajar miles de kilómetros, mucho más lejos que cualquier lote, sembradora o cosechadora. Vamos a dirigir nuestra mirada hacia el océano Pacífico ecuatorial, porque allí ocurre uno de los fenómenos climáticos más importantes del planeta y que, aunque parezca increíble, puede terminar definiendo los rindes en Santa Fe, la producción de maíz en Córdoba o el resultado económico de una campaña agrícola completa en Argentina.

Seguramente todos hemos escuchado hablar de El Niño y La Niña. En los últimos años estas palabras se hicieron habituales en las conversaciones del campo porque convivimos con una de las sequías más importantes de nuestra historia reciente, asociada a tres años consecutivos de La Niña. Pero ahora comenzó a aparecer un nuevo término que genera expectativa y también preocupación: el llamado “Súper Niño”.

¿Qué significa exactamente? ¿Es realmente algo extraordinario? ¿Puede beneficiar a la producción agropecuaria argentina o representa un riesgo? Vamos a intentar entenderlo.

Para comenzar debemos entender que El Niño forma parte de un sistema climático conocido como ENSO (El Niño Southern Oscillation), una oscilación natural que ocurre en el océano Pacífico tropical cada dos a siete años aproximadamente.

En condiciones normales, los vientos alisios empujan las aguas cálidas superficiales desde las costas de Sudamérica hacia Oceanía. Esto permite que frente a Perú y Ecuador asciendan aguas más frías y ricas en nutrientes desde las profundidades del océano.

Durante un evento El Niño esos vientos se debilitan y las aguas cálidas comienzan a desplazarse nuevamente hacia el este, acumulándose frente a las costas sudamericanas. Ese calentamiento modifica la circulación atmosférica global y altera los patrones de lluvia y temperatura en gran parte del planeta.

No estamos hablando simplemente de un cambio en la temperatura del mar. Estamos hablando de una gigantesca perturbación climática capaz de modificar precipitaciones, generar inundaciones, provocar sequías y afectar la producción de alimentos en distintos continentes.

Los meteorólogos utilizan el término “Súper Niño” para describir eventos excepcionalmente intensos, donde las temperaturas superficiales del Pacífico ecuatorial alcanzan valores muy superiores a los normales.

A lo largo de la historia moderna hubo tres eventos considerados extraordinarios: 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016. Estos episodios produjeron alteraciones climáticas a escala global y generaron pérdidas económicas multimillonarias en numerosos países.

Actualmente distintos centros climáticos internacionales siguen con atención la evolución del Pacífico porque algunos modelos sugieren la posibilidad de un evento intenso durante los próximos meses. Incluso algunos especialistas ya comenzaron a referirse a un posible “Súper Niño” para el ciclo 2026.

¿Por qué el campo argentino mira tanto al Pacífico?

La respuesta es simple: porque gran parte de la región agrícola argentina responde fuertemente a estas oscilaciones climáticas.

Cuando predomina La Niña suelen aumentar las probabilidades de sequía sobre la región pampeana, especialmente en Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires. Todos recordamos lo ocurrido durante las campañas 2021, 2022 y 2023, cuando la falta de agua provocó pérdidas históricas en soja, maíz y trigo. Algunas estimaciones indicaron caídas productivas cercanas al 45% respecto de campañas normales.

En cambio, durante años Niño suele ocurrir lo contrario: aumentan las precipitaciones sobre gran parte del centro y noreste argentino.

Y aquí aparece la gran paradoja del agro: lo que para una región puede representar una bendición, para otra puede convertirse en un problema.

Los beneficios productivos de un Niño fuerte

Después de varios años dominados por déficits hídricos, un evento Niño intenso suele ser recibido con optimismo por gran parte del sector agropecuario argentino.

Las lluvias permiten recomponer perfiles de suelo, recuperar napas, mejorar las condiciones de implantación y sostener etapas críticas de los cultivos.

Cuando existe una adecuada disponibilidad de agua, la soja puede expresar mucho mejor su potencial genético. Lo mismo ocurre con el maíz, especialmente durante floración y llenado de granos.

Los modelos climáticos muestran que los años Niño suelen asociarse con mayores probabilidades de obtener rindes superiores al promedio en amplias zonas agrícolas del país.

No es casualidad que durante la campaña 2023/24, bajo influencia de El Niño, Argentina lograra una importante recuperación productiva respecto de la sequía anterior. La Bolsa de Comercio de Rosario proyectó alrededor de 49,5 millones de toneladas de soja y 57 millones de toneladas de maíz gracias a la mejora de las precipitaciones.

Para un país donde el complejo agroexportador genera gran parte del ingreso de divisas, un evento Niño favorable puede significar mucho más que buenos rindes: puede traducirse en mayor actividad económica, incremento de exportaciones y recuperación financiera para miles de productores.

Pero más lluvia no siempre significa mejores resultados

Existe una tendencia a pensar que si falta agua los cultivos sufren, entonces cuanto más llueva mejor será la campaña. Y eso no es necesariamente cierto.

Los excesos hídricos también generan enormes pérdidas productivas.

Cuando las precipitaciones superan la capacidad de infiltración o almacenamiento del suelo aparecen problemas de anegamiento, falta de oxígeno en las raíces, enfermedades y dificultades operativas.

Un Súper Niño puede aumentar considerablemente la frecuencia de tormentas intensas, lluvias extraordinarias y eventos de inundación.

Todos recordamos campañas donde el problema dejó de ser la sequía para convertirse en caminos intransitables, imposibilidad de ingresar con maquinaria, pérdidas por vuelco de cultivos o granos deteriorados por exceso de humedad.

En agricultura siempre buscamos equilibrio.

Los cultivos más expuestos

La soja probablemente sea el cultivo que mejor responde a una mejora en la oferta hídrica, especialmente en zonas donde habitualmente el agua limita el rendimiento.

Sin embargo, también puede verse afectada por ambientes excesivamente húmedos que favorecen enfermedades foliares y problemas de calidad.

El maíz presenta una respuesta muy positiva cuando las lluvias acompañan durante los períodos críticos, pero puede sufrir pérdidas importantes ante inundaciones prolongadas o tormentas severas.

En trigo, un invierno demasiado húmedo puede favorecer enfermedades fúngicas, dificultar aplicaciones y generar problemas de calidad comercial.

La ganadería tampoco queda afuera.

Los excesos de humedad reducen la calidad de las pasturas, generan barro en corrales, complican movimientos de hacienda y pueden aumentar la incidencia de enfermedades.

Cuando hablamos de clima solemos enfocarnos en los cultivos, pero los fenómenos extremos afectan mucho más que eso.

Los caminos rurales son uno de los primeros sectores en sufrir.

Un período prolongado de lluvias intensas puede dificultar el transporte de insumos, la cosecha y el traslado de la producción hacia los puertos. Siendo aun mas grave para las familias que quedan atrapadas lejos de los centros urbanos, de las escuelas, de los centros médicos.

En regiones donde la infraestructura hídrica es insuficiente, los excesos de agua generan pérdidas económicas incluso cuando los rindes son elevados.

De nada sirve producir más si luego no podemos sacar esa producción del campo.

El desafío de gestionar extremos

Quizás la principal enseñanza que nos dejan los eventos Niño y La Niña es que debemos prepararnos para convivir con una creciente variabilidad climática.

Hoy la agricultura argentina dispone de herramientas que hace algunas décadas no existían.

Contamos con pronósticos estacionales, imágenes satelitales, modelos climáticos, agricultura de precisión y genética capaz de responder mejor a distintos escenarios.

Sin embargo, todavía enfrentamos enormes desafíos.

Necesitamos mejorar el manejo del agua dentro de los sistemas productivos.

Necesitamos aumentar la infiltración mediante rotaciones más intensas y una mayor presencia de raíces durante todo el año.

Necesitamos cuidar la estructura del suelo y aumentar los niveles de materia orgánica para que los lotes puedan almacenar más agua cuando sobra y conservarla cuando falta.

Porque si algo nos enseñaron los últimos años es que el problema ya no es solamente la sequía o el exceso hídrico. El verdadero desafío es la amplitud de esos extremos.

¿Qué podemos esperar para Argentina?

La realidad es que ningún especialista serio puede asegurar hoy exactamente qué ocurrirá dentro de algunos meses.

El sistema climático es extraordinariamente complejo y existen numerosos factores que interactúan simultáneamente.

Sin embargo, los pronósticos indican que la vigilancia sobre el Pacífico será fundamental durante todo el año. Algunos organismos internacionales ya observan señales compatibles con el posible desarrollo de un evento Niño para la segunda mitad de 2026.

Si finalmente se consolida un Niño fuerte o incluso un Súper Niño, gran parte de la región agrícola argentina podría recibir precipitaciones superiores a las normales.

Pero también deberemos estar preparados para tormentas más intensas, inundaciones localizadas y dificultades operativas derivadas de los excesos hídricos.

Como siempre sucede en el agro, la clave estará en la planificación.

Muchas veces creemos que la producción agropecuaria depende únicamente de la tecnología, de la genética o de la capacidad del productor. Y si bien todo eso es fundamental, la naturaleza sigue teniendo la última palabra.

Resulta fascinante pensar que una masa de agua cálida desplazándose en el océano Pacífico puede terminar modificando la cantidad de granos que cosechamos en Santa Fe, Córdoba o Buenos Aires.

El Súper Niño nos recuerda que el campo argentino forma parte de un sistema global donde océanos, atmósfera, suelos y cultivos están íntimamente conectados.

Por eso entender estos fenómenos ya no es solamente una curiosidad científica. Es una herramienta estratégica para tomar mejores decisiones productivas.

Porque cuanto más comprendamos cómo funciona el clima, mejor preparados estaremos para aprovechar las oportunidades cuando llegan las lluvias y para defendernos cuando aparecen los excesos.

Y en un país donde gran parte de la economía depende de lo que sucede en nuestros campos, entender al Pacífico puede ser tan importante como entender nuestro propio suelo.

Nos encontramos el próximo sábado, mis queridos lectores.

Autor

  • Ingeniera Agrónoma, nacida en María Juana, pero desde hace 14 años vivo en San Justo, lugar que hoy siento como propio porque formé mi familia y también me desarrollé como profesional. Mi cercanía con el campo empezó desde muy chica. Vengo de una familia con raíces profundas en la actividad agrícola tambera, iniciada por mi abuelo, que llegó desde España.

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