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Opinión

La agricultura en tierra ajena: quién es dueño y quién produce en el campo argentino.

En la agricultura argentina, la superficie que trabaja un productor no necesariamente coincide con la tierra que posee. El arrendamiento se convirtió en una pieza central del modelo productivo.

Hola mis queridos lectores de LT9, ¿cómo están?

Hoy quiero que hablemos de algo que vemos permanentemente en el sector agropecuario pero que, para quien está lejos del campo, muchas veces resulta difícil de entender. Cuando decimos que una empresa o un productor trabaja 500, 2.000, 5.000 o 20.000 hectáreas, ¿significa que es dueño de toda esa tierra? La respuesta es no. Y, de hecho, en la agricultura argentina sucede prácticamente lo contrario: una gran parte de la producción se realiza sobre tierras que pertenecen a otras personas.

Esta diferencia entre ser propietario de la tierra y ser productor es fundamental para comprender cómo funciona actualmente la agricultura argentina.

Los últimos datos disponibles permiten ponerle números concretos. Según un análisis de la Bolsa de Comercio de Rosario elaborado a partir de información del Sistema de Información Simplificado Agrícola, SISA, y de la Secretaría de Agricultura, en la campaña 2023/24 el 69,3% del área de trigo, el 69,9% del área de maíz y el 70,7% del área de soja se trabajó bajo esquemas de arrendamiento. Es decir que, para simplificarlo, podemos pensar que de cada 100 hectáreas sembradas con nuestros tres grandes cultivos, aproximadamente 70 son trabajadas en campos alquilados y solamente 30 corresponden a tierras producidas directamente por sus propietarios.

Y acá aparece una aclaración importante. Esto no significa que el 70% de toda la tierra rural argentina esté alquilada. Cuando miramos el Censo Nacional Agropecuario 2018, que incluye no solamente agricultura sino también campos ganaderos, montes, pastizales, producciones regionales y otros usos, el resultado cambia considerablemente. A nivel nacional, alrededor del 69% de la superficie de las parcelas censadas se encontraba bajo propiedad y aproximadamente el 19% bajo arrendamiento.

Entonces podemos encontrarnos con dos números que parecen contradictorios, pero no lo son. En el conjunto de la superficie agropecuaria argentina predomina la tierra propia; pero cuando ponemos la lupa específicamente sobre la agricultura extensiva de soja, trigo y maíz, predomina claramente la tierra alquilada.

Y esto se entiende todavía mejor si miramos nuestra provincia.

En Santa Fe, según los datos del Censo Nacional Agropecuario 2018 elaborados por el IPEC, el 55,4% de la superficie de las explotaciones agropecuarias era propia y el 36,2% estaba bajo arrendamiento. El resto correspondía a aparcería, sucesiones indivisas, comodatos y otras formas de tenencia. Pero quizás más interesante que la fotografía de un año sea mirar la película de las últimas décadas. En 1988, solamente el 12,3% de la superficie santafesina se encontraba bajo arrendamiento. En 2002 había aumentado al 20,1% y para 2018 había llegado al 36,2%. Paralelamente, la participación de la superficie en propiedad cayó desde aproximadamente el 79% en 1988 al 55,4% en 2018.

Es una transformación enorme de la estructura productiva.

El productor fue separándose progresivamente de la figura del propietario. Antes era bastante frecuente imaginar al productor viviendo en su campo, teniendo sus propias máquinas, realizando las labores y produciendo sobre tierra propia. Hoy podemos tener al propietario de la tierra por un lado, al productor que alquila el campo por otro, al contratista que realiza la siembra por otro, una empresa que hace las aplicaciones, otra que cosecha, otra que transporta el cereal, un proveedor que financia los insumos y una entidad financiera que aporta parte del capital.

La agricultura pasó a funcionar cada vez más como una red de empresas y servicios especializados.

¿Por qué alguien alquila tierra en lugar de comprarla? Fundamentalmente porque comprar tierra requiere una inmovilización enorme de capital. Si una empresa tiene determinado dinero disponible, puede destinarlo a comprar algunas hectáreas o utilizar ese capital para financiar semillas, fertilizantes, fitosanitarios, labores y alquileres sobre una superficie muchísimo mayor.

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El arrendamiento permite, entonces, aumentar la escala productiva sin necesidad de ser propietario de toda la tierra trabajada.

Por eso también vemos que, cuanto mayor es la superficie que maneja una empresa agrícola, menor suele ser proporcionalmente la cantidad de tierra propia. Los datos del SISA muestran precisamente esta tendencia: a medida que aumenta la escala de las unidades productivas disminuye la proporción de productores que trabajan exclusivamente tierra propia y aumenta la importancia del arrendamiento. La Bolsa de Comercio de Rosario señala además que la mayor proporción de la superficie de trigo, soja y maíz se encuentra en unidades que gestionan entre 800 y 3.000 hectáreas.

Pero acá quiero derribar otra idea bastante instalada: campo alquilado no significa necesariamente pool de siembra.

Un productor familiar que tiene 200 hectáreas propias y alquila otras 300 es un arrendatario. Una empresa familiar que posee 1.000 hectáreas y alquila otras 2.000 también lo es. Ninguno necesariamente constituye un pool de siembra.

El pool de siembra es una forma particular de organizar la producción. Básicamente consiste en reunir tierra, capital, conocimiento y servicios que pueden pertenecer a actores diferentes. Un grupo de inversores aporta capital; se alquilan campos; una administración profesional decide qué sembrar, dónde hacerlo y qué tecnología utilizar; y muchas de las labores son realizadas por contratistas.

Argentina fue uno de los países donde esta modalidad alcanzó mayor desarrollo, particularmente desde los años noventa y durante los primeros años de este siglo. Investigaciones académicas describen a los pools como organizaciones capaces de reunir capitales de terceros, acceder a tierra mediante arrendamientos y contratar buena parte de las tareas productivas, reduciendo la necesidad de poseer grandes cantidades de tierra o maquinaria propia.

Algunas grandes empresas argentinas llevaron este modelo a escalas enormes. Casos como Los Grobo o El Tejar se convirtieron en ejemplos internacionales de agricultura organizada en red. El Tejar, por ejemplo, comenzó en los años noventa trabajando unas 10.000 hectáreas agrícolas y posteriormente expandió su modelo hacia otros países de Sudamérica. Los Grobo también creció combinando tierra propia, arrendamientos, productores asociados y contratistas.

El secreto de aquel modelo era relativamente simple: no había que ser dueño de todos los factores de producción para poder administrarlos.

Eso hizo posible que una empresa pudiera coordinar decenas o incluso cientos de miles de hectáreas sin tener que comprar esa superficie ni poseer físicamente todas las sembradoras, pulverizadoras y cosechadoras necesarias.

Ahora bien, ¿esto es exclusivamente argentino?

Definitivamente no.

Quizás la expresión “pool de siembra” sea muy argentina, pero la separación entre propiedad de la tierra y gestión agrícola existe en numerosas agriculturas del mundo.

Estados Unidos es un ejemplo muy interesante. Según el Departamento de Agricultura estadounidense, en 2022 aproximadamente el 39% de toda la superficie agropecuaria del país era alquilada. Pero cuando se analiza solamente la tierra destinada a cultivos, la participación del alquiler supera el 50%. Además, alrededor del 68% de toda la superficie arrendada estadounidense se encuentra dentro de explotaciones que administran 2.000 acres o más. Los mayores porcentajes de arrendamiento aparecen justamente en las zonas productoras de maíz, soja, trigo, arroz y algodón.

Es decir, en el corazón agrícola norteamericano también es perfectamente normal que una explotación crezca alquilando campos de terceros.

Brasil nos muestra otro caso todavía más impactante en términos de escala empresarial. SLC Agrícola, una de las mayores compañías agrícolas de ese país, proyecta para la campaña 2025/26 más de 830.000 hectáreas sembradas, distribuidas entre soja, algodón, maíz y otros cultivos, en 26 unidades productivas ubicadas en ocho estados brasileños. La propia empresa explica que parte de su estrategia de expansión se basa en arrendamientos y asociaciones con propietarios e inversores, es decir, un modelo donde la empresa administra la producción sin necesariamente comprar toda la tierra sobre la que se expande.

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Por lo tanto, sí: en el mundo existen compañías que manejan cientos de miles de hectáreas. Y algunas llegaron históricamente incluso a superar el millón de hectáreas agrícolas administradas. Lo particular de Argentina no es solamente la existencia de empresas grandes, sino la enorme importancia que adquirió el alquiler dentro de prácticamente toda la estructura agrícola, desde productores relativamente pequeños hasta grandes empresas.

Y acá aparece el punto económico quizás más importante de toda esta columna.

Cuando aproximadamente el 70% de nuestra soja, trigo y maíz se produce sobre campos alquilados, el alquiler deja de ser un costo secundario y pasa a convertirse en uno de los factores centrales del negocio agrícola argentino.

El productor que trabaja campo propio puede analizar su margen considerando el costo de oportunidad de la tierra. El que produce en campo alquilado, en cambio, tiene que pagar efectivamente ese alquiler independientemente de que después llueva, haya sequía, caiga granizo, aparezca una plaga o baje el precio internacional del cultivo.

Por eso muchas veces observamos una situación aparentemente contradictoria: un cultivo puede mostrar un margen razonable en campo propio y quedar prácticamente sin rentabilidad en campo alquilado.

Y quizás esta sea una de las conclusiones más interesantes para quienes observan al agro desde afuera: producir mucho no necesariamente significa poseer mucho.

Una empresa puede sembrar 5.000 hectáreas y ser propietaria solamente de 1.000. Otra puede trabajar 10.000 y no poseer prácticamente ninguna. Mientras tanto, un propietario puede tener 500 hectáreas y haber decidido hace años no producirlas directamente, sino alquilarlas.

Así funciona buena parte de la agricultura moderna.

Hoy el recurso escaso no es solamente la tierra. También lo son el capital, el conocimiento, la capacidad de gestión, la tecnología, la logística y la posibilidad de asumir riesgo. Y la agricultura argentina aprendió hace varias décadas a combinar todos esos factores aunque estén en manos diferentes.

Por eso, cuando volvamos a escuchar que alguien “trabaja 3.000 hectáreas”, quizás la pregunta correcta ya no sea solamente cuánta tierra tiene, sino cuánta tierra administra, cuánta es propia, cuánta alquila y cómo organiza esa producción.

Porque en la agricultura argentina actual, ser dueño de la tierra y ser quien produce sobre ella son, cada vez más, dos cosas diferentes.

Nos encontramos el próximo sábado para seguir entendiendo juntos ese enorme entramado productivo que muchas veces vemos desde la ruta, pero que detrás de cada lote esconde empresas, propietarios, productores, contratistas, inversiones, tecnología y decisiones que comienzan mucho antes de que una sembradora entre al campo.

Autor

  • Catalina Juliá

    Ingeniera Agrónoma, nacida en María Juana, pero desde hace 14 años vivo en San Justo, lugar que hoy siento como propio porque formé mi familia y también me desarrollé como profesional. Mi cercanía con el campo empezó desde muy chica. Vengo de una familia con raíces profundas en la actividad agrícola tambera, iniciada por mi abuelo, que llegó desde España.

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