Desafortunadamente, en la actualidad los temas internacionales que dominan la agenda tienen que ver con la guerra en una abrumadora mayoría.
Sin embargo, el análisis de las relaciones internacionales no se enfoca únicamente en los conflictos bélicos, dado que desde el intercambio pacífico, en la arena global entran en juego varias dimensiones como la cooperación, el crédito y el comercio internacional.
Sobre ese último plano, en los últimos días se avanzó con un paso clave para dar vida al acuerdo MERCOSUR – UE, puesto que el gobierno de Paraguay, promulgó la ratificación del acuerdo, después de Brasil, y bastante más tarde que Argentina y Uruguay, que fueron los dos países miembros que se adelantaron con la aprobación parlamentaria.
De la misma manera en que hay que resaltar este hecho histórico después de 25 años de negociaciones muy complejas, también conviene prevenir que los objetivos más ambiciosos no podrán ser alcanzados de manera inmediata.
A partir de mayo, algunos ítems del tratado comenzarán a efectivizarse con la implementación de un programa de lenta, pero progresiva reducción de aranceles para el intercambio de determinados productos o servicios.
Esta etapa inicial, revela la necesidad de tomar con cautela los discursos políticos amparados en ciertos anuncios que muchas veces se sobredimensionan por necesidades del momento de mostrar algunos resultados de la gestión externa.
Para ejemplificar respecto de una situación como la descripta, sólo hay que repasar el desarrollo de la cumbre del MERCOSUR que tuvo lugar en la Estación Belgrano de Santa Fe, en julio de 2019.
El contexto: fin del período del gobierno de Mauricio Macri, quien con aspiraciones reeleccionistas no podía encausar la situación económica, quedando con pocos argumentos discursivos para sostener su imagen.
En aquel escenario, y con la visita a la capital provincial de Tabaré Vazquez, Jair Bolsonaro, Evo Morales, Sebastián Piñera y Mario Abdo Benítez; el gobierno argentino hacía de anfitrión y daba como inminente la firma del acuerdo.
Pero pasaron casi siete años para que hoy estemos en la última cuenta regresiva para su puesta en marcha.
En esa demora, por supuesto que hay que considerar la fuerte resistencia intra – bloque en la UE, cuya comisión recientemente produjo alivio al proyecto, avalando la puesta en marcha provisional del texto que sigue siendo rechazado por productores primarios de Francia, España e Italia, entre otros países.
Los mentores del acuerdo se siguen esforzando en transmitir que más allá del complejo proceso de armonización que viene por delante, los beneficios son potencialmente mucho más grandes que los costos, especialmente, en medio de un mundo que hoy busca hacer equilibrio comercial entre tantos vaivenes de la relación tensa que de forma bilateral mantienen EE.UU. y China, desde su lugar de principales economías mundiales.
En definitiva, una vez consolidada, la nueva sociedad promete diversificar mercados para todos los países miembros de sendos bloques.
Y en el caso de países vulnerables ante las tensiones globales como las actuales, siempre les conviene (nos conviene), una estrategia de asociación e integración, antes que bilateralizar y chocar con una realidad de desigual poder de negociación, frente a las potencias que suelen reincidir en los ciclos de disputas arancelarias.






















